Filosofía de la ciencia: Contexto familiar y científico enero 30, 2014
Posted by recaredus in ciancia, Ciencia y Filosofía, Crítica de la ciencia, Notas.Tags: conocimiento vulgar y científico
add a comment
El Contexto Familiar y el Científico[1]
|
Objetivos: Con este tema se pretende que el alumno compare y distinga el conocimiento cotidiano y familiar del científico y especializado. También que descubra que ambos son importantes, pero que cada uno tiene un tiempo y un lugar diferentes. |
Arthur Stanley Eddington, nació en Kendal, Inglaterra en 1882. Murió en 1944. Fue un brillante matemático, físico y astrónomo. Estudio las estrellas y su composición. En 1919 viajó a Brasil para observar las estrellas durante un eclipse de sol. La lectura que sigue fue escrita por Eddington. Es una narración donde él nos habla de cómo algunas cosas nos resultan tan familiares que creemos que no despiertan ninguna pregunta, pero que al analizarlas con cuidado, nos revelan cientos de problemas que tienen que ver con la menera en que conocemos.
Atención: Eddingthon nos previene de engañarnos creyendo que son los aparatos los que hacen la ciencia, pero no, somos nosotros y nuestra actitud los científicos.
Lectura Complementaria No. 1
Mundo familiar y mundo científico: Arthur Eddington[2]
«Como ser consciente, me encuentro ligado a una historia. La parte sensible de mi conciencia me narra una historia de un mundo que me rodea. Esta historia habla de objetos familiares. Habla de los colores, de los sonidos, de los olores que le son propios; del espacio ilimitado en que están sumergidos y del tiempo que, en su curso incesante, produce cambios e incidentes. Me habla de una vida distinta de la mía, la cual sólo se ocupa de sus propios asuntos.
Como científico, he aprendido a desconfiar de esa historia. En muchos casos ha resultado que las cosas no son lo que parecen ser. Si creo lo que el narrador me dice sobre las cosas, en este momento tengo ante mí una mesa sólida; pero la física me ha enseñado que esta mesa no es exactamente la sustancia continua que la historia supone, sino una multitud de pequeñas cargas eléctricas lanzadas en todos sentidos con una velocidad inimaginable. En lugar de ser una sustancia sólida, mi mesa se parece más bien a un enjambre de mosquitos.
De este modo he llegado a darme cuenta de que no puedo conceder gran confianza al narrador que se alberga en mi conciencia. Por otra parte, no convendría desatenderlo por completo, ya que su historia tiene generalmente un fundamento de verdad, sobre todo cuando se trata de anécdotas que me conciernen íntimamente. Porque yo también formo parte de esa historia, y si no desempeño mi papel junto con los demás actores, tanto peor para mí. Por ejemplo, de repente aparece en la historia un automóvil y se precipita a toda marcha sobre el actor que se identifica conmigo mismo. En cuanto científico, critico muchos detalles referidos por el narrador -el aspecto sólido, el color, el tamaño rápidamente creciente de este objeto que se aproxima-, pero acepto su recomendación de que lo más prudente es apartarme del camino.
Tengo en mi biblioteca tratados voluminosos que me cuentan una historia diferente acerca del mundo que me rodea. La llamamos la historia científica. Lo primero que debemos hacer es tratar de comprender las relaciones que existen entre la historia familiar y la historia científica de lo que nos rodea.
Hubo un tiempo en que estas dos versiones no presentaban diferencias profundas. El científico aceptaba la historia familiar en sus rasgos esenciales, limitándose a corregir algún que otro hecho y a perfeccionar algunos detalles. Más tarde, empero, la historia familiar y la historia científica han ido discrepando de manera cada vez más profunda, hasta el punto de que se hace difícil reconocer si tenían puntos comunes. No contenta con trastornar nuestras ideas sobre las sustancias materiales, la física nos ha hecho jugadas desconcertantes acerca de nuestras concepciones de espacio y tiempo. Incluso la causalidad ha experimentado transformaciones. La física trata de presentar deliberadamente, una nueva versión de la historia que nos ofrece nuestra experiencia, desde sus más remotos orígenes, rechazando la historia familiar por estar asentada sobre fundamentos demasiados inestables.
Mas, pese a nuestros esfuerzos por comenzar bien, desechando las interpretaciones instintivas o tradicionales de la experiencia y aceptando sólo el conocimiento que puede ser deducido por métodos estrictamente científicos, no podemos romper del todo con el narrador familiar. Sentamos el principio de que siempre hay que desconfiar de él, pero no podemos prescindir de él en la ciencia. Quiero decir lo siguiente: montamos un delicado experimento físico con galvanómetros, micrómetros, etc., especialmente seleccionados para eliminar la falibilidad de las percepciones humanas; pero, en definitiva, tenemos que recurrir a nuestras percepciones para que nos den el resultado del experimento. Aún en el caso de un aparato registrador, hemos de utilizar nuestros sentidos para descifrar el registro. Así, una vez puesto en marcha el experimento, nos dirigimos a nuestro narrador familiar y le decimos: «ahora sitúa esto en tu historia». Quizá estaba diciéndonos que la luna tiene sensiblemente las dimensiones de un plato, o cualquier otra cosa igualmente burda y anticientífica; al interrumpirle, se detiene y nos informa que hay una señal luminosa que coincide con la división 53 de la escala de nuestro galvanómetro. Y ahora ya le creemos -más o menos-. Sea de ello que fuere, tomamos este dato como base de nuestras conclusiones científicas. Si realmente queremos comenzar por el principio, debemos averiguar por qué tenemos confianza en las informaciones del narrador cuando se refieren a los galvanómetros, a pesar de la desconfianza que nos inspira por lo general. Porque es posible que su fértil imaginación sea muy capaz de «embaucar», incluso con ocasión de un galvanómetro».
2.2 Consecuencias teóricas y prácticas
La definición de ciencia que hemos dado tiene consecuencias muy importantes. Señalemos sólo las siguientes:
1a. Una teoría científica es una construcción humana y no algo impuesto por la realidad. Por otra parte, el objeto real no es el objeto del conocimiento. Este se construye a partir de una teoría que lo observa, lo determina y describe sus formas de comportamiento. El objeto es contemplado desde el punto de vista lógico-racional y también desde el punto de vista práctico-instrumental. El instrumento, construido según unos supuestos teóricos, determina el modo de abordaje del objeto, elige la perspectiva de la observación, acota el objeto hasta encontrar en él lo que se ha formulado desde el punto de vista teórico, tanto al nivel de los axiomas o postulados como a nivel de las hipótesis y de los procedimientos de indagación y corroboración.
2a. Siendo una construcción humana, una teoría puede ser reemplazada por otra que se considera mejor, porque:
– Permite explicar un mayor número de relaciones entre un mayor número de fenómenos.
– Porque las explica de una forma más simple y exacta.
– Porque permite prever el encuentro de nuevos fenómenos y de nuevas relaciones entre fenómenos;
– Porque ofrece una visión más armónica y acabada del universo.
– Porque tiene consecuencias prácticas más importantes.
Es muy importante tener presente que la ciencia no es una representación completa de la realidad y siempre está en un proceso dinámico de reformulación y mejora de sus ideas.
3a. Por consiguiente, una teoría es sólo la explicación provisional de las relaciones posibles entre un conjunto de fenómenos: ella puede ser reemplazada por otra porque abraza más fenómenos, es más sencilla, más armónica, con resultados concretos más ricos. Una teoría (la relatividad de Einstein) reemplaza a otra (la física de Newton), porque da cuenta mejor del pasado, pero sobre todo porque abre horizontes de porvenir para bien o para mal (utilización de la energía atómica en medicina o creación de la bomba atómica).
4a. De acuerdo con lo anterior, el principio de la ciencia no es el simple registro de hechos y datos observados, ni las generalizaciones empíricas. Son las preguntas que se formula el científico a raíz de una observación casual, jugando con una determinada representación de la realidad y con un método que le permite dar respuestas a sus preguntas.
5a. Por otra parte, la verdad de una teoría no radica en que lo afirmado corresponda a lo que es la realidad en sí misma. La verdad científica dice relación a la capacidad, bondad y utilidad de una teoría para explicar lo que se quiere explicar. El Sistema del Universo de Newton, que consideraba que el tiempo y el espacio eran absolutos, no es falso porque después haya aparecido la teoría de la relatividad de Einstein que partió de una representación de la realidad según la cual, espacio y tiempo, son relativos. O, para citar un ejemplo más simple, conocido por todos: el hombre puede ver el mundo como definido por tres dimensiones (geometría de Euclides) o por cuatro o más dimensiones (geometrías actuales). Son puntos de vista, representaciones que se han hecho los científicos para explicar los fenómenos que ellos han querido explicar. ¿Cuántas dimensiones tiene la realidad en sí misma? ¡No lo sabemos! Si yo quiero explicar los fenómenos que explicó Newton, yo puedo seguir utilizando a Newton; pero si yo quiero explicar no sólo los fenómenos que explicó Newton sino también muchos otros y de una manera más simple, recurro a la representación que se hizo Einstein. El marino, por ejemplo, sigue utilizando en buena parte el sistema de Ptolomeo, pues dicho sistema le es suficiente para orientarse en el mar.
6a. Todo lo anterior tiene gran importancia para todos nosostros: Si el conocimiento científico es un proceso de creación permanente, que se logra por medio de un trabajo constructivo, en continua confrontación con otros, y con los propios procesos de la realidad, la práctica investigativa da lugar a una crítica y a una rectificación permanentes y sólo le atribuye a una teoría el carácter de «ficción». Es decir, que la teoría es el proceso y el resultado de una racionalidad que no desconoce sus propias posibilidades cognoscitivas, pero que reconoce humildemente el sentido dramático de la búsqueda del conocimiento.
Lo anterior significa que debemos ser conscientes de que, cuando «conocemos», siempre estamos interpretando. A su vez, esto significa que tenemos que reivindicar el derecho al error (punto de emergencia de nuevos conocimientos), superar los obstáculos epistemológicos, relativizar lo normativo del «método», y lo absoluto del saber legitimado como válido para siempre. En definitiva, introducir la variable histórica como elemento interno al propio desarrollo de la ciencia, siempre abierto al cambio y a la intervención creadora de los sujetos que investigan.
Deténgase un momento y reflexione sobre el siguiente texto de Gastón Bachelard: «Esta concepción de la ciencia se comprende cuando uno se ha comprometido vigorosamente con ella, cuando se ama la tensión del estudio, cuando se ha reconocido que ella es un modelo de progreso espiritual y que nos permite ser un actor de un gran destino humano cualquiera sea el lugar en que la modestia de la investigación científica nos sitúe». (El compromiso racionalista, p. 43.)
Si la ciencia es una creación humana, ¿tiene la sociedad derecho a pedirle al científico elaborar representaciones que le permitan al hombre ser, cada día, más hombre y que el mundo sea cada vez más humano? ¿Tiene la sociedad derecho a exigirle al científico representaciones que no incluyan peligros de destrucción de un individuo en particular (experimentos médicos), o de la misma especie humana (bomba atómica), o que pongan en peligro el medio ambiente que hace posible la vida (catástrofe ecológica)?
Y si la ciencia es una creación humana, ¿se consideran excluidos de participar de esta creación? ¡Los llamados genios se cuentan en los dedos de la mano! Ustedes pueden ser creadores de ciencia si dominan los métodos científicos y si, de manera especial, poseen el espíritu científico, un espíritu que implica voluntad de «verdad», amor al saber, paciencia, rigor, valorización del riesgo y la aventura, capacidad de crítica y autocrítica, estimación de sí mismo y, sobre todo, responsabilidad y compromiso con su realidad social. Ustedes consumen diariamente no sólo pan, sino también metales, electricidad, papel, ciencia, tecnología… ¿No creen que para tener el derecho de participar en lo que los otros han producido, ustedes tienen la obligación de enriquecer con su creatividad el capital de conocimientos y de bienes de su sociedad? Ustedes sólo lo podrán hacer capacitándose para crear. No pueden contentarse con aprender una serie de conocimientos y de tecnologías que les permitan ganarse un determinado salario. Están llamados como hombres, no sólo a gozar de lo que su sociedad ha creado, sino a enriquecer a su sociedad y a enriquecerse a sí mismos pensando en contra del pasado y pensando en un futuro que les permita a ustedes y a su sociedad ser más y mejores.
[1] HERRERA D., Teoría social de la ciencia y la tecnología, UNAD, Bogotá, 1998. Capítulo1, La ciencia, pp. 5-46.
[2] EDDINGTON A., Nouveaux Sentiers de la Science, Hermann, París, 1936, pp. 1-4.
Entregar las actividades por correo en un solo documento de Word, como archivo adjunto, con los datos que identifiquen al alumno.
Éxito:
Prof. Dr. Ricardo Marcelino Rivas García
philosophica@hotmail.com
Filosofía y crítica de la ciencia: Ciencia y valores humanos enero 16, 2014
Posted by recaredus in ciancia, crítica de la cienca, valores humanos.add a comment
Ciencia y Valores Humanos
El doble objetivo de la ciencia tiene un carácter ético. En efecto, el objetivo teórico (conocimiento de la naturaleza) se relaciona con la búsqueda de la verdad y exige una actitud de objetividad, y el objetivo práctico (dominio controlado de la naturaleza) se relaciona con la consecución de medios que hacen posible una vida más humana, o sea, con el servicio a la humanidad.
Nos embarcamos en la empresa científica porque consideramos que sus objetivos son valores; en caso contrario, no los buscaríamos. De ahí surge la pregunta: ¿qué relación existe entre los valores científicos y los valores humanos que dan sentido a nuestra vida? Examinaremos ahora por qué existen valores científicos, qué valores son esenciales a la empresa científica y cuál es el impacto del progreso científico sobre ellos.
Dimensiones éticas de la ciencia
La ciencia experimental suele ser considerada como algo independiente de los factores personales y subjetivos que se asocian con los valores; por tanto, parece ser una empresa libre de valores. Sin embargo, como actividad humana dirigida hacia objetivos, debe incluir algún tipo de valores: al menos, aquellos que se refieren a sus objetivos y a los medios necesarios para alcanzarlos.
Hablar de valores en relación con la ciencia experimental no es una tarea fácil. En efecto, la marca distintiva de la ciencia experimental es la objetividad, la cual, por su propia naturaleza, significa independencia de factores subjetivos y personales, mientras que los valores se encuentran estrechamente relacionados con los intereses y compromisos personales. Esto explica por qué, durante mucho tiempo, se ha dicho que la ciencia experimental no tiene nada que ver con los valores; sólo la ciencia aplicada o tecnología, que se ocupa de los problemas prácticos de la vida humana, estaría implicada en los problemas aceré a de los valores. Además, los científicos suelen tener un gran interés en considerar a su ciencia como libre de valores porque temen que, si permitieran discusiones acerca de valores dentro de la ciencia, se verían envueltos en interminables discusiones y perderían su autonomía.
Parece fácil abrir las puertas de la ciencia a los valores, cuando advertimos que la objetividad misma puede ser considerada como un valor. Sin embargo, la objetividad parece incompatible con cualquier clase de valor que implique evaluaciones. Si se acepta la distinción clásica entre «hechos» y «valores», parece inevitable concluir que se debería aceptar también la distinción entre dos ámbitos diferentes: por una parte, el ámbito donde la objetividad reina; por otra parte, el ámbito, legítimo, pero completamente diferente, de los sentimientos, emociones, interpretaciones y preferencias subjetivos. Los valores diferentes de la objetividad parecen pertenecer a este segundo ámbito subjetivo y quedarían excluidos de la perspectiva científica.
Podemos incluso preguntar por qué deberíamos apreciar la objetividad. La respuesta no es nada trivial. De hecho, la objetividad parece estar estrechamente vinculada con la perspectiva analítica que intenta racionalizarlo todo, dejando de lado los aspectos más apreciados de la vida humana y creando una especie de vacío racional donde no hay lugar para sentimientos y valoraciones personales. Después de todo, podría decirse que quizá deberíamos controlar la ciencia objetiva y no dejar que invada el ámbito de los valores humanos.
Esta cuestión se encuentra en el centro de algunos problemas importantes de nuestra civilización. Los malentendidos en torno a la objetividad científica y a su significado ético son corrientes en la cultura contemporánea.
En este ámbito, la pregunta clave es: ¿se puede reducir la objetividad científica al nivel analítico?, ¿puede ser considerada como una herramienta puramente instrumental?
La respuesta es negativa. La objetividad científica es un valor ético porque representa un modo concreto de buscar la verdad, y la búsqueda de la verdad es un valor ético fundamental en la vida humana.
La ciencia experimental está libre de valores sólo si consideramos sus aspectos más pragmáticos. En efecto, cualquiera puede aprender a trabajar bien en la ciencia, y puede realizar un buen trabajo independientemente de sus ideas filosóficas o religiosas. Sin embargo, hasta el científico con menos mentalidad filosófica trabaja en la ciencia siguiendo un camino que se caracteriza por la búsqueda de un conocimiento de la naturaleza que se pueda someter a control experimental, y esto tiene un significado ético: concretamente, que el doble objetivo de la ciencia experimental merece ser buscado.
La ciencia experimental también puede ser considerada como libre de valores, en la medida en que no la consideramos como una actividad humana dirigida hacia objetivos, sino como una colección de resultados. Ciertamente, muchos de esos resultados no tendrán un significado ético. Sin embargo, incluso en tal caso no deberíamos olvidar que, en ocasiones, un resultado aislado, y a veces muchos de ellos reunidos, pueden tener implicaciones en nuestra cosmovisión y, de este modo, pueden ejercer un impacto sobre algunos de nuestros valores o, al menos, sobre los medios para valorarlos o para llevarlos a la práctica.
Como empresa humana dirigida hacia objetivos, la ciencia experimental incluye algunos valores: al menos, los que se relacionan con sus objetivos. Pero estos valores funcionan como supuestos implícitos que pueden ser ignorados en el trabajo científico rutinario; la tarea de analizarlos y valorarlos es una tarea metacientífica. La ciencia está libre de valores en el sentido de que posee una autonomía que debe ser respetada; pero la existencia misma de esta obligación indica que la ciencia incluye algunos valores éticos, y por eso es digna de respeto.
Vamos a examinar ahora los valores que son parte esencial de toda la empresa científica, o sea, los que se relacionan con los objetivos generales de la ciencia, por una parte, y con los aspectos institucionales de la ciencia como empresa comunitaria, por otra. Ambos tipos de valores están estrechamente relacionados, porque la ciencia como institución puede ser considerada como la manifestación social de la empresa científica dirigida hacia unos objetivos específicos.
Denominaremos constitutivos a los valores relacionados con los objetivos generales de la ciencia, porque son los que definen la estructura básica del trabajo científico, e instrumentales a aquellos que corresponden al aspecto social e institucionalizado de la ciencia.
Valores constitutivos
Los valores constitutivos se refieren a los objetivos internos que caracterizan a la empresa científica en sí misma, dejando aparte los fines particulares de individuos y comunidades. No cambian, mientras que los fines particulares de los científicos pueden cambiar. El doble objetivo de la ciencia experimental indica los valores más importantes de la empresa científica, o sea, la búsqueda de la verdad y el dominio controlado de la naturaleza como medio para servir a la humanidad.
Estos valores son constitutivos porque son valores internos, característicos y necesarios de la ciencia experimental en todas sus modalidades. Se encuentran supuestos en cualquier otro tipo de valor, que siempre será externo y accidental con relación a ellos.
Cuando consideramos a la ciencia experimental bajo esta perspectiva, su significado en términos de valores es doble: posee un valor cognitivo, que se refiere al conocimiento del mundo natural, y un valor práctico, que se refiere al dominio controlado de la naturaleza. Como ya hemos visto que en la ciencia experimental alcanzamos un conocimiento que puede ser considerado como un verdadero conocimiento de la naturaleza, podemos decir ahora que el valor cognitivo de la ciencia consiste principalmente en la búsqueda de la verdad. En otro sentido, podemos argumentar que el valor práctico de la ciencia consiste en proporcionar medios para servir a la humanidad. Éstos son los valores centrales que caracterizan a la ciencia experimental en sí misma, independientemente de los fines particulares que les puedan ser sobreañadidos por los científicos individuales, por individuos desde fuera de la ciencia, o por sociedades.
Los valores centrales recién indicados van unidos a otros valores particulares que contribuyen a su realización, y que podemos denominar valores epistémicos y valores prácticos.
a) Valores epistémicos
Podemos hablar de valores epistémicos, en plural, como aquellas características que deberían poseer las construcciones científicas para ser instrumentos eficaces para alcanzar el objetivo cognitivo de la ciencia. Refiriéndose a este tipo de valores, Ernan McMullin dice que los denomina epistémicos «porque se supone que promocionan el carácter de verosimilitud de la ciencia» ‘l. Hablando estrictamente, son solamente valores instrumentales que sirven para promover el valor cognitivo central, o sea, la búsqueda de la verdad.
Ya hemos analizado este tipo de valores al discutir los criterios de aceptabilidad de las teorías. Los cinco valores de Thomas S. Kuhn incluyen la precisión, la consistencia, el alcance, la simplicidad y la eficacia. McMullin los comenta, introduciendo algunas cualificaciones». McMullin subraya, con razón, que la precisión predictiva es el desideratum que los científicos ordinariamente pondrían en el primer lugar. Este autor también comenta la coherencia interna, la consistencia externa y el poder unificador, y luego subraya la importancia de la eficacia. Efectivamente, la eficacia es un valor epistémico crucial. Los especialistas aprecian las leyes y las teorías que poseen un alto poder heurístico, aunque sean tan generales que resulte muy difícil demostrarlas.
La utilización de valores epistémicos tales como los recogidos por Kuhn y McMullin es necesaria para el progreso de la ciencia experimental. Sin embargo, los valores epistémicos no nos proporcionan reglas infalibles o procedimientos algorítmicos automáticos; solamente indican qué tipo de cualidades deberíamos apreciar si perseguimos el objetivo cognitivo de la empresa científica: son medios falibles para alcanzar el objetivo cognitivo general de la ciencia. En la medida en que representan propiedades ideales que deberían cumplir nuestras construcciones, pueden evolucionar, e incluso pueden colisionar unos con otros. En este último caso debemos encontrar un camino para armonizarlos, pero no existe ningún algoritmo infalible que pueda sustituir a nuestra decisión.
b) Valores prácticos
Hemos distinguido, en el ámbito cognitivo, el valor cognoscitivo general de la ciencia y los valores plurales específicos que sirven como instrumentos para decidir sobre la aceptabilidad de las teorías particulares. De modo semejante, podemos distinguir ahora el valor práctico general de la ciencia y los valores específicos particulares que son parte suya. El valor práctico general puede identificarse con el servicio a la humanidad que se logra mediante la tecnología. El valor práctico de la ciencia experimental en su conjunto consiste en la posibilidad de utilizar sus resultados para conseguir un dominio controlado de la naturaleza y, de este modo, mejorar las condiciones de la vida humana. Podemos hablar de valores prácticos, en plural, para referirnos a los diferentes logros prácticos conseguidos gracias al avance de las ciencias.
Desde el punto de vista histórico, el nacimiento sistemático de la ciencia experimental en el siglo XVII fue debido, en gran parte, al deseo de conseguir estas ventajas prácticas. Si existe un punto de convergencia en el cual todos coinciden, tal coincidencia se refiere a los logros prácticos que han sido posibles gracias al progreso de la ciencia experimental.
Obviamente, la ciencia experimental ha sido y continúa siendo utilizada para mejorar notablemente las condiciones de la vida humana. No es preciso hacer una lista del gran número de importantes ventajas que el progreso científico nos ha proporcionado y que se refieren a muchas áreas de nuestra vida. Por desgracia, los avances científicos también pueden ser utilizados para otros fines, y conocemos bien el poder destructivo de las nuevas tecnologías. Por tanto, existe una asimetría entre los valores cognitivos y prácticos de la ciencia. Los avances cognitivos siempre representan un valor positivo, mientras que sus aplicaciones prácticas pueden ser positivas o negativas desde el punto de vista ético. La posibilidad de utilizar la ciencia de modo negativo muestra claramente que la ciencia sola no puede ser la referencia última en la vida humana, ya que necesitamos apoyarnos en criterios éticos que nos ayuden a utilizar correctamente sus logros.
No puede identificarse la tecnología con la ciencia. La tecnología actual depende fuertemente de la ciencia, pero posee también sus características propias; esto se debe a que las teorías científicas, por lo general, no pueden aplicarse di rectamente para resolver problemas tecnológicos. Existe una distancia entre la ciencia teórica y su utilización práctica, y ese desfase debe llenarse utilizando reglas tecnológicas específicas. Por este motivo, si bien el progreso tecnológico es probablemente la razón principal en favor del prestigio de la ciencia experimental, no puede ser considerado como una prueba directa y completa de la verdad de todos los conocimientos científicos.
Las reglas tecnológicas son muy variadas, como también lo son las diferentes tecnologías, y su análisis detallado no tendría ninguna importancia para nuestro argumento.
El progreso en las aplicaciones tecnológicas de la ciencia es tan evidente que es probablemente la razón principal del apoyo social a la empresa científica. Tal como lo expresa Robert K. Merton: «Por supuesto, el criterio tecnológico del logro científico también tiene una función social para la ciencia. Las crecientes comodidades y conveniencias que se derivan de la tecnología y, en última instancia, de la ciencia, promueven el apoyo social a la investigación científica. También dan testimonio de la integridad del científico, puesto que las teorías abstractas y difíciles que no pueden ser comprendidas o evaluadas por los legos presumiblemente resultan probadas de una manera que puede ser comprendida por todos, esto es, mediante sus aplicaciones tecnológicas. La disposición a aceptar la autoridad de la ciencia reposa, en considerable medida, en su diaria demostración de poder. De no ser por tales demostraciones indirectas, el continuo apoyo social a esa ciencia que es intelectualmente incomprensible para el público difícilmente podría alimentarse de la fe sola» 62.
Merton subraya correctamente que, entre la gente corriente, la fiabilidad de la ciencia experimental se basa primariamente en el éxito de sus aplicaciones tecnológicas. Aunque sabemos que la tecnología debe complementar a la ciencia con medios tecnológicos que no son proporcionados sólo por la ciencia, la tecnología actual está basada, sin duda, en la ciencia, y sería completamente imposible sin un fundamento científico.
Todo esto significa que el progreso científico proporciona las ventajas prácticas prometidas por los precursores de la ciencia experimental. Francis Bacon tenía razón cuando subrayó la extraordinaria importancia social de la nueva ciencia. Merton lo expresa claramente cuando escribe: «Es probable que la reputación de la ciencia y su elevado status en la estimación del lego se deba en no pequeña medida a los logros tecnológicos. Toda nueva tecnología da testimonio de la integridad del científico. La ciencia realiza sus objetivos» 6′.
Es también un hecho bien conocido que, desde el punto de vista ético, el progreso tecnológico es ambivalente. Aunque los dos objetivos de la ciencia experimental se encuentran estrechamente relacionados y entrelazados como dos aspectos de un único objetivo, poseen un estatuto ético muy diferente. En efecto, el objetivo teórico, o sea, la búsqueda de la verdad, es siempre por sí mismo un valor positivo; el único problema que puede eventualmente provocar se refiere a los medios empleados en la investigación. En cambio, la aplicación del conocimiento científico al dominio controlado sobre la naturaleza es esencialmente ambivalente. La ciencia debería ser utilizada en servicio de la humanidad, pero también puede ser usada para objetivos éticamente incorrectos.
El progreso científico nos proporciona una abundancia creciente de medios que son extraordinariamente útiles para muchos fines prácticos. Al mismo tiempo, también plantea nuevos retos que deben ser afrontados con una responsabilidad creativa, especialmente cuando representan situaciones nuevas que tienen un impacto importante sobre la vida humana.
En un escrito publicado en 1938, Robert K. Merton dedicó una primera sección a reflexionar sobre las «Fuentes de hostilidad hacia la ciencia». En ese mismo escrito, más adelante, escribió: «Existe entre los científicos la tendencia a creer que los efectos sociales de la ciencia deben ser beneficiosos a la larga. Este artículo de fe cumple la función de brindar una justificación a la investigación científica, pero, manifiestamente, no enuncia un hecho»». En esa ocasión también se refirió a la revuelta contra la ciencia en un tono muy claro, con alusión a: «… [la] revuelta incipiente que encontramos prácticamente en toda sociedad donde la ciencia ha alcanzado un alto grado de desarrollo […] Se hace en gran medida responsable a la ciencia de proveer esos elementos para la destrucción humana que, se dice, pueden sumergir nuestra civilización en la noche y la confusión eternas» 65.
Poco después, el 6 de agosto de 1945 señaló el comienzo de una nueva era. Se ha repetido con frecuencia que ese día la ciencia perdió su inocencia. La era nuclear abrió nuevas dimensiones en la historia de la humanidad. Pero esto sólo fue el comienzo. El progreso en la biotecnología ha proporcionado medios insospechados que han abierto caminos éticamente ambivalentes. El poder de los seres humanos sobre el mundo físico, incluyendo sus mismas dimensiones físicas, se ha multiplicado de un modo que no tiene precedentes.
Por tanto, la retroacción práctica del progreso científico nos lleva a afrontar nuevas responsabilidades éticas que aumentan proporcionalmente al progreso de las nuevas capacidades que nos proporciona la ciencia.
Valores institucionales
Los valores institucionales se refieren al trabajo científico en la medida en que se encuentra institucionalizado como una empresa común y, como tal, implica todo un conjunto de valores que deben ser buscados por los miembros de la comunidad científica.
Las consecuencias sociales del progreso científico no se limitan a las cuestiones tecnológicas. En efecto, si consideramos los valores institucionales de la ciencia, podemos advertir fácilmente que el progreso científico contribuye a difundirlos.
Esos valores se refieren a reglas que actúan dentro de la comunidad científica. Aunque no tienen necesariamente un carácter ético, se relacionan estrechamente con valores éticos, y cuando el progreso científico los difunde, puede decirse que este hecho tiene implicaciones éticas positivas.
En esta línea, el Papa Juan Pablo II ha descrito la difusión de los valores científicos como un signo positivo de nuestra época. En contraste con algunos males que existen en nuestro mundo, él se vuelve hacia los signos positivos y es cribe: «Pero al mismo tiempo vemos en amplios sectores de la comunidad humana una apertura crítica creciente hacia gente de diferentes culturas y ambientes, diferentes aptitudes y puntos de vista. Cada vez más frecuentemente la gente busca coherencia interna y colaboración, y descubren valores y experiencias que tienen en común incluso dentro de su diversidad. Esta apertura, este intercambio dinámico, es un rasgo notable de las comunidades científicas internacionales, y se basa en intereses comunes, objetivos comunes y una empresa común, junto con una profunda conciencia de que las ideas y logros de uno son con frecuencia importantes para el progreso del otro. De un modo semejante pero más sutil esto ha sucedido y continúa sucediendo entre grupos más diversos».
De hecho, el número y el prestigio de las comunidades científicas ha crecido enormemente en el mundo contemporáneo. Esto significa que los valores institucionales de la ciencia experimental son respetados por un número siempre creciente de gente influyente. Aunque esos valores a veces son respetados por razones que no siempre son estrictamente éticas, se relacionan con la ética y, por consiguiente, su difusión implica la difusión de valores éticos. Los estándares éticos están siendo cada vez más respetados en muchos ámbitos sociales como una consecuencia del progreso de las ciencias. Desde luego, se puede objetar que este progreso va acompañado a veces por conductas incorrectas desde un punto de vista ético, pero las conductas negativas son una muestra de la ambivalencia ética de las consecuencias tecnológicas del progreso científico.
Por su propia naturaleza, la ciencia experimental favorece el aumento de los valores asociados a ella. La búsqueda de la verdad, decir la verdad, honestidad al informar de los resultados, integridad, tratar honestamente la evidencia, objetividad, rigor, cooperación, modestia intelectual y libertad de investigación son valores científicos institucionales que corresponden a lo que podríamos denominar «ética de la objetividad». Obviamente, estos valores no son exclusivos de la ciencia experimental; sin embargo, forman parte de la vida institucional de la ciencia, y el progreso científico tiende a difundirlos. Por otra parte, la ciencia experimental es una fuente importante de medios para mejorar las condiciones de la vida humana, aunque, como sucede de ordinario con los recursos humanos, los medios que proporciona el progreso científico pueden ser utilizados bien o mal desde el punto de vista ético.
Los valores institucionales se derivan del carácter comunitario de la empresa científica. Esto se puede percibir fácilmente si recordamos los valores institucionales enumerados por Robert K. Merton, que son, usando su vocabulario, los cuatro siguientes: universalismo, comunismo, desinterés y escepticismo organizado.
Probablemente el universalismo es el principal valor institucional. Sin embargo, también es un valor constitutivo central, porque se refiere al carácter intersubjetivo de las pruebas y construcciones científicas, que es un rasgo esencial de la ciencia experimental. En efecto, la exigencia de control empírico implica que las teorías se formulen en forma intersubjetiva, y también que los experimentos puedan ser repetidos por cualquiera; y esto implica la exigencia del universalismo: el término «universalismo» tiene sentido precisamente cuando consideramos los diferentes miembros individuales de la comunidad científica y hacemos explícito el requisito de que los procedimientos científicos deban estar disponibles para cualquiera de ellos si desean comprobar su validez. La objetividad o la intersubjetividad son valores muy cercanos al universalismo, aunque este término expresa mejor que los otros dos el carácter comunitario del valor correspondiente.
El comunismo, aun siendo un término un tanto desafortunado, es muy claro, y expresa otro aspecto del universalismo, concretamente la disponibilidad pública. En principio, los procedimientos y los resultados científicos podrían ser intersubjetivos aunque permanecieran como propiedad privada de sus descubridores o de alguna comunidad particular científica o política o económica. No existen garantías de que esto no pueda suceder en algún caso. Sin embargo, considerar el comunismo como un valor indica que la comunidad científica como tal piensa que eso debería ser combatido. De hecho, los científicos se apoyan en la publicación como en el primer paso de cualquier nuevo hallazgo que pretende ser considerado seriamente dentro de la comunidad científica.
Otro rasgo del valor del «comunismo» que Merton menciona es la cooperación, entendida como disposición para colaborar con otros. En su trabajo científico, los científicos ordinariamente necesitan de la cooperación de otros, y deben comportarse de modo cooperativo si desean ser admitidos como miembros de la comunidad científica. La cooperatividad siempre ha sido importante, pero en la actualidad esa importancia ha aumentado como consecuencia de la intensa especialización provocada por el progreso científico. La gran mayoría de los logros científicos son el resultado del trabajo cooperativo de gente asociada en equipo. En consecuencia, los científicos tienden a reconocer los logros de los demás, citándolos siempre que es necesario.
La cooperación incluye también la conciencia de la propia dependencia de la colaboración de otros y, por tanto, una cierta humildad intelectual. Obviamente, esto no significa que los científicos estén libres de vanidad y orgullo. Pero el trabajo en la ciencia experimental, para ser eficaz, exige un tipo de conducta que, en la medida en que incluye cooperación, dependencia de otros y el reconocimiento de los logros de los demás, puede ser calificada como intelectualmente humilde o modesta desde el punto de vista objetivo.
El desinterés, en la perspectiva de Merton, se relaciona con el hecho de que la actividad de los científicos se encuentra sujeta a un control riguroso. Merton señala acertadamente que este valor se basa en el carácter público y comprobable de la ciencia, lo que equivale a admitir que también este valor institucional es una consecuencia de los objetivos generales de la ciencia experimental, los cuales incluyen la contrastabilidad empírica y, por tanto, la objetividad en el sentido de una intersubjetividad que debe estar abierta al control público.
Desde el punto de vista histórico, es un hecho que, cuando la ciencia empírica moderna comenzó a desarrollarse de modo sistemático en el siglo XVII, inmediatamente se fundaron sociedades científicas, como una expresión del carácter comunitario de la nueva ciencia. La exigencia de publicidad es esencial para la empresa científica.
Una consecuencia natural de este estado de cosas es que la ausencia defraude debería ser lo normal, y esto es un valor institucional muy importante. Podemos notar de nuevo que esto no tiene una implicación directa sobre el carácter moral de los sujetos particulares; más bien es sólo una consecuencia de la institucionalización de la ciencia. Tampoco deberíamos concluir que no pueden darse errores en el ámbito científico; sabemos que algunos errores se han admitido durante siglos (el espacio y el tiempo absolutos de Newton son un claro ejemplo); no obstante, la exigencia de intersubjetividad y la existencia simultánea de una comunidad científica muy amplia proporcionan una garantía, aunque no sea infalible, de control intersubjetivo.
El escepticismo organizado se relaciona estrechamente con la actitud metodológica implicada por los objetivos generales de la ciencia experimental. En efecto, sabemos que un método que incluye el control empírico como ingrediente esencial es muy eficaz para obtener un conocimiento fiable del mundo natural, pero también sabemos que no puede conducirnos a una certeza completa; por tanto, los científicos deben permanecer siempre abiertos a nuevas posibilidades. La apertura mental o disposición a incorporar nuevos datos o nuevas ideas, y a cambiar de idea siempre que sea necesario, también pueden considerarse, por tanto, como valores institucionales. Además, el mismo método de la ciencia experimental exige ser aplicado con rigor, pues, en otro caso, no sería eficaz: así, el rigor también puede ser considerado como un valor institucional.
Todo esto explica que la ciencia experimental sea considerada ordinariamente como un conocimiento público, porque incluye las exigencias de intersubjetividad y de control. Se podría añadir que la existencia de esos valores institucionales en la ciencia experimental es un hecho, aunque, al mismo tiempo, siempre deberíamos recordar que es la consecuencia de la elección deliberada de un método que, siendo extraordinariamente poderoso, por su propia naturaleza se encuentra limitado al estudio de los aspectos del mundo natural que se relacionan con pautas espacio-temporales y, por tanto, pueden ser sometidos a control experimental.
Los valores institucionales se refieren a la dimensión social de la ciencia. Son las consecuencias sociales o comunitarias de los requisitos inherentes a los objetivos generales de la empresa científica. Incluso en el caso de que un científico trabajara aislado, los métodos utilizados y los resultados obtenidos deberían ser potencialmente intersubjetivos para que pudiesen ser admitidos en el ámbito de la ciencia experimental, y esto implica la existencia de los demás valores institucionales. Los valores institucionales son intrínsecos a la ciencia, y pueden ser considerados como la consecuencia de los valores constitutivos cuando tomamos en cuenta la naturaleza comunitaria de la empresa científica.
Los valores institucionales de la ciencia empírica no son, hablando propiamente, valores éticos. Los científicos pueden buscarlos por razones personales independientes de motivos éticos. Sin embargo, desde un punto de vista objetivo, poseen un carácter ético. Esto puede apreciarse fácilmente si los enumeramos utilizando los siguientes nombres: búsqueda de la verdad, lealtad a la verdad, decir la verdad, honestidad al informar sobre los resultados, integridad, manejar limpiamente la evidencia contraria a las propias ideas, apertura mental, responsabilidad personal, modestia intelectual, tolerancia, libertad de pensamiento e investigación, lealtades comunes. Estos nombres son frecuentes en los estudios sobre la ética institucional de la ciencia, y poseen un sabor inequívocamente ético.
Los valores institucionales de la ciencia poseen una dimensión ética porque se derivan de los objetivos generales de la ciencia, o sea, de la búsqueda de la verdad y de un dominio sobre la naturaleza que pueda servir para mejorar las condiciones de la vida humana. Estos objetivos generales tienen un carácter ético que se transmite a los valores institucionales derivados de ellos. Ningún científico está obligado, por el hecho de ser científico, a admitir compromisos éticos como tales; sin embargo, trabajar en la ciencia experimental implica trabajar para lograr esos valores y comportarse de tal modo que esos valores puedan realizarse. En este sentido podemos hablar de una «ética institucional de la ciencia». Los valores institucionales son inherentes a la ciencia experimental como actividad comunitaria.
Referencias:
ARTIGAS, Mariano (1992), Filosofía de la ciencia experimental, Eunsa, Pamplona; ARTIGAS (1999), Filosofía de la ciencia, Eunsa, Pamplona.
Ejercicio:
a) Investigar un ejemplo sobre el uso positivo de la ciencia, para fines moralmente buenos (buscar ilustraciones y documentar el ejemplo).
a) Investigar un ejemplo sobre el uso negativo de la ciencia, para fines moralmente malos o donde se hayas violado algunos de los valores señalados en el tema (buscar ilustraciones y documentar el ejemplo).
Enviar en documento de Word por correo:
Éxito:
Prof. Dr. Ricardo Marcelino Rivas García
philosophica@hotmail.com






